A Maria (2ª parte).

Quizás en esos momentos en los que creí que nunca te irías fueron los que realmente me ayudaban a entender el por qué de las cosas. Intenté encontrar una razón de más para hacerme a la idea de la realidad, y la encontré con el tiempo sobre tus propias palabras. 
Describías el momento de partir como cualquier otro momento, sin miedo ni envergadura, sin importancia. Eras completamente consciente del tiempo, y del que te quedaba antes de marchar y a pesar de todo nunca te viniste abajo. Los últimos momentos que dedicaste te limitaste a ver cada uno de los tuyos, seguramente lo hiciste tomándote un tiempo, recordando momentos desde el inicio de la vida de cada uno hasta el mismo momento en el que permanecías allí sentada pensando exactamente lo descrito aquí. Ese mismo día vi en tus ojos alegría, bondad, y a la vez valor, pero sinceramente he de confesarte que al mirarlos tuve miedo, un miedo atroz porque supe que era cierto, ya algo no iba bien. Tus manos blancas, tu escasez al hablar, al escuchar... me daban la suficiente información para entender que tu hora se acercaba. Si, verdaderamente todos nos dimos cuenta, pero nunca pensamos que a tan sólo unos días ya no estarías con nosotros. 

Fue dura esa semana (lo sigue siendo) pero a la vez tranquila. Referente a mi persona, todavía me sorprendo de la dureza en que aquellos días reaccioné. Fui a tu lado para despedirme de ti, para darte las gracias, para decirte lo que nunca te dije estando consciente, un "te quiero" infinito que sigue sonando a través del tiempo, de las palabras, incluso de las miradas a tu foto en mi mesita de noche. Te brindé caricias, me llené de tu textura, de la suavidad de tus manos, de la fina piel de tus mejillas, del color de tus manchas de edad, tus pequeñas y no abundantes pecas. Sabía que era probable no volver a hacerlo, tan sólo necesitaba embriagarme de ti para recordarte siempre, no sólo con momentos, sino con el tacto, con olores, sensaciones... y lo conseguí. Al morir, quise demostrarte mis dotes de la mejor forma posible, escribiendo. Te escribí un discurso el cual te era merecido, unas palabras de homenaje de tu vida sobre nuestras vidas, la vida de tu familia. Y así quedé en paz. Me ayudó bastante eso a lo largo de los días, y seguirá siendo así el resto de mi vida, porque no sólo se quedarán ahí mis palabras para ti, sino que son el principio para seguir manteniéndote conmigo, porque siempre lo has hecho y segura estoy de que continuará siendo así. 
Últimamente, siento abundantes momentos de dolor, pues es un hecho que todavía no ha salido todo de dentro de mi corazón, a veces quiero pensar que tú misma me diste fuerzas para ello, otras... otras te necesito tanto que en total soledad me desplomo, manteniéndome firme, pero con la cabeza muy baja. Aún así, el recuerdo me llena de sonrisas y eso se queda conmigo como tesoro de la vida.

Sin más me despido por hoy querida, el resto te lo contaré en el sueño de hoy.

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